El cuerpo animal que antecede al proceso de taxidermia es aquel cuya muerte posibilita su transformación en un soporte simbólico y estético, activado primero por la acción del taxidermista y luego por la mirada del espectador. Destinado a funciones artísticas, conservacionales, pedagógicas o museográficas, pasa a formar parte de un modelo de representación que, para bien o para mal, media nuestra relación con la naturaleza. Al mismo tiempo, permanece en una zona ambigua entre lo inerte y lo orgánico, pues su materia —aunque intervenida— conserva siempre la posibilidad de reintegrarse a los ciclos de descomposición natural. En este sentido, denomino a este cuerpo inerte “cuerpo sacrificable”, debido a su ofrecimiento a los dispositivos de conservación y exhibición que lo inscriben dentro de lógicas institucionales y representacionales.


