Las instituciones suelen organizar y nombrar los cuerpos preservados a partir de categorías funcionales que, en muchos casos, tienden a "conservar" sus trayectorias vitales y las condiciones materiales de su existencia. Frente a un diorama surgen preguntas inevitables: ¿de qué murió ese animal y cuándo?, ¿qué historias corporales arrastra antes de convertirse en objeto de exhibición? Estas interrogantes permiten tensionar la aparente neutralidad del dispositivo museográfico. Ante estas omisiones, el arte adquiere una potencia política frente al lenguaje institucional, ya que la práctica artística no puede abstraerse del deber de pensar qué vidas sostiene, cuáles instrumentaliza y cuáles decide visibilizar.

