ARTISTA

LUGAR DE ENUNCIACIÓN

Mi práctica artística involucra el cuerpo y la experiencia directa a través del oficio, específicamente mediante el trabajo de preparación y representación de cuerpos taxidermizados de animales. Esta enunciación no es neutral; implica una posición profundamente comprometida con los cuerpos con los que me vinculo. Como artista visual y taxidermista, he habitado este oficio desde un lugar crítico que cuestiona sus usos tradicionales, impulsándolo hacia una dimensión, artística, ética y espiritual, donde el cuerpo muerto no es tratado como un objeto disponible, sino como un interlocutor carga- do de sentido.

Valorar el oficio implica también pensarlo críticamente. La taxidermia es un lenguaje atravesado por memorias, historias y relaciones de poder. En mi trabajo busco ampliar los márgenes de esta práctica, aún poco comprendida fuera de los circuitos científicos o museográficos, para reimaginarla desde un lugar comprometido y representacionalmente consciente. Me interesa contribuir a su apertura y desplazamiento respecto de las lógicas normativas, que tienden a transformar los cuerpos animales en piezas decorativas, descontextualizadas y carentes de significado. Si se decide trabajar con taxidermia, es imprescindible establecer una relación material y espiritual con el cuerpo que ofrenda su presencia. No se trata de una mercancía ni de un encargo técnico, sino de un cuerpo que exi- ge atención, respeto y cuidado. Trabajar con lo que alguna vez estuvo vivo nos interpela a asumir una responsabilidad que excede lo estético.

Desde esta perspectiva, la utilización de un cuerpo inerte en el arte no puede desvincularse de una reflexión profunda sobre sus implicancias éticas y simbólicas. Cuando el proceso de conservación se convierte en una forma de mutilación —ya sea mediante su fragmentación en trofeos o en collages com- puestos de distintas especies— y queda reducido a un recurso meramente visual, resulta imprescindible cuestionar la legitimidad de dicho gesto. En tales casos, corresponde considerar si ese cuerpo o efecto podría ser recreado desde el artificio, sin recurrir a un cuerpo real.

La práctica artística no puede abstraerse del deber de pensar qué vidas sostiene, cuáles instrumentaliza y cuáles silencia. Cuando el cuerpo animal se reduce a un recurso narrativo o visual, se reproduce una lógica de dominio sobre otras especies. Esta posición, naturalizada tanto en el arte como en los museos, debe ser desarmada/desarticulada. Tarde o temprano, el sentido ético de esas decisiones será cuestionado, valorado o interpelado por otres. Por ello, propongo abrir un espacio de reflexión sobre los modos en que estos cuerpos — muertos, pero no desprovistos de agencia— son tratados, exhibidos y pensados. La cuestión no es solo cómo conservar, sino cómo representar sin borrar la historia que cada cuerpo porta. Esta práctica me ha llevado a desarrollar una forma de pensamiento situada en el hacer, donde el taller, el oficio y el cuerpo en acción se configuran como herramientas que permiten formular preguntas que la racionalidad académica muchas veces excluye por no ajustarse a sus criterios de validación.

Considero que los cuerpos, despojados de su vitalidad y colocados en dioramas, terminan por borrar su origen y su historia. En este sentido, los dioramas, a diferencia de los gabinetes de curiosidades que descontextualizaban objetos de manera individual, ofrecieron escenificaciones dramatizadas que, a través de la taxidermia, lograron vocalizar de manera creíble verdades ideológicas y consolidarse como la herramienta epis- temológica más eficaz de la historia natural moderna (Aloi, 2018, p. 104). Frente a esto, el arte puede —y debe— asumir un rol propositivo, abrir fisuras en los discursos establecidos, construir otras narrativas e imaginar formas de relación que no reproduzcan la invisibilización del cuerpo animal.

Sostengo, desde esta experiencia, que el arte no solo refleja el mundo, sino que lo piensa y lo transforma desde dentro. Para mí, la práctica artística es una forma encarnada de conocimiento, una vía legítima de producción crítica que articula hacer, pensar y decir desde el cuerpo. Habitar el arte y la práctica artística como un espacio de pensamiento es también un gesto político. Desde esta posición me sitúo como artista-investigadora que propone obras y formas de relación, más éticas, más sensibles y de conocimiento, que reconozcan la densidad simbólica, material e histórica de cada cuerpo. Así, se busca abrir posibilidades para vincularnos con lo natural desde otro lugar, no omnisciente ni centrado, sino relacional, atento, cuidadoso y abierto a la emergencia de nuevas visualidades. ¿Es aquello posible?

Obras Tania González.